Saint John’s Bible, detalle

Lecturas: Ex 3, 1-8; 10,13-15; 1Cor 10, 1-6,10-12; Lc 13, 1-9

         Nunca podemos entender en toda su plenitud que Dios es Dios de la vida. Dios ama la vida. Él es la fuente de toda vida. Nuestra gran tarea es fomentar, cultivar, y cuidar la vida en todas sus formas, aspectos y niveles.

         En la primera lectura, Moisés tuvo una experiencia de Dios, del Dios vivo y santo: el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Es decir, el Dios que toca la vida de las personas humanas; nos llama desde lo más auténtico de nuestra persona a vivir más plena y auténticamente. Cuando Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente, estos patriarcas ya habían muerto, pero, como Jesús nos asegura, “para Dios están vivos”; habían pasado de este mundo a la vida más plena, una vida eterna.

         Dios apareció a Moisés para encomendarle una misión. Dios vio la opresión e injusticias que sufrieron su pueblo; escuchó sus quejas y se fijó en sus sufrimientos. Así es el corazón de Dios. No le gusta cuando hacemos sufrir injustamente a otros o cuando somos indiferentes de lo que le pasa a otros. Todos tenemos la misión de aportar para el verdadero bien de otros; es decir, hacer lo que podemos para mejorar tales situaciones.

         El Evangelio hace referencia a los asesinados por Pilato y a los 18 sobre quienes cayó la torre. Aquellos que comentaron a Jesús lo que había pasado, insinuaron que Dios había castigado a estas personas porque eran pecadores. El Señor los hizo aterrizar: “¿piensan que eran más pecadores que los demás? Les digo que no.” Todos somos pecadores y necesitamos la misericordia de Dios; todos necesitamos convertirnos. La conversión es una decisión desde adentro de la persona: con la gracia de Dios, decide orientar toda su vida hacia Dios. El centro ya no será el ego, o lo que piensa todo el mundo sino los criterios de Dios. Jesús dijo: “Conviértanse y crean en el Evangelio.” La fe en Jesús y la conversión son inseparables. La fe significa ser uno con Dios, estar de acuerdo con Él, y esta unidad obra milagros en la vida de una persona. Abrirse a Dios es contagioso. Precisamente en el caso de personas que logran o soportan algo sobrehumano; a menudo nos damos cuenta de que ello sólo les resulta posible merced a la fuerza de la fe. Jesús llega a ser centro, el criterio, de su actuar consciente. La verdadera pasión de Jesús era despertar a la gente a un cambio radical en su manera de pensar y actuar.

         La conversión incluye la renuncia de muchas satisfacciones inmediatas, pero no es para hacer la vida triste, aburrida, sin brillo. Todo lo contrario, significa vivir más auténticamente. En nuestra sociedad hay una mentalidad pagana, opuesto al Evangelio. La conversión es un proceso para abrirnos más a la vida que Dios nos está ofreciendo; nos lleva a gustar un anticipo de la vida eterna. También hace nuestras vidas más alegres; nos regala una alegría en el fondo del corazón. Hace nuestras vidas más fecundas, para la construcción del Reino de Dios. Nos da una satisfacción porque nuestras vidas tienen un sentido; están orientadas a la vida eterna. En la vida cristiana, primero viene la renuncia, luego la satisfacción: primero Cuaresma, después la Pascua.

         En este Evangelio, Jesús añade la parábola de la higuera estéril. En esta parábola, nos urge a trabajar para que sean fecundas nuestras vidas en buenas obras. Dios nos ofrece más tiempo, otro año, o varios años, para alimentarnos espiritualmente y así producir buenos frutos. Nos da su gracia cada día; es preciso acoger estas oportunidades para que vivamos agradando a Dios.

         La lectura de S. Pablo, que hemos escuchado, muestra que los Israelitas que salieron de la esclavitud de Egipto, tuvieron todos las mismas oportunidades. No sabemos cuántos aprovecharon de estas. La Escritura dice que “la mayor parte no agradó a Dios”. Esto es trágico. Es un advertencia para nosotros. La vida está llena de oportunidades. Uno puede mirar las mismas circunstancias como un desastre o como una oportunidad. No podemos presumir del solo hecho de que somos bautizados y creemos en Jesús, el Salvador. La fe viva nos lleva a la fidelidad; la fe sin obras, está muerta – no afecta la vida real.

         En esta Eucaristía pidamos la gracia de elegir la vida que Dios nos ofrece en todas las circunstancias de nuestras vidas.

P. Jorge Peterson, OCSO
Monje Trapense del Monasterio de Miraflores, Rancagua.