“Arbol”, Monasterio de la Asunción

Lecturas: Eclo 27, 4-7; 1 Cor 15, 54-58; Lc 6, 39-45

En estos domingos estamos fijando nuestros ojos en Jesús. Él es nuestro maestro y “cuando termina nuestro aprendizaje seremos como nuestro maestro.”

El domingo pasado el Evangelio termina diciendo: “no juzguen y no serán juzgado”. Tenemos la tendencia de “juzgar” lo que hacen los demás, especialmente a los más expuestos por sus responsabilidades en la Iglesia. En verdad, sólo Dios puede hacer un juicio justo. Sólo Él sabe todo. Además todos fallamos, cada uno desde su lado débil, desde su propia ceguera. Nadie tiene record perfecto delante de Dios. Necesitamos reconocer nuestros pecados y acoger su misericordia y perdón. Debemos tener nuestros ojos fijos en Jesús para aprender “el camino de seguir” y sanar nuestra ceguera. Solamente así podemos corregir nuestros fallos y ser una luz, aunque pequeña, si somos humildes y dóciles.

Por eso, Jesús nos aconseja: “¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que lleves en tuyo?” Ésto indica nuestra tarea: sacar “las vigas” que tenemos en nuestros propios ojos. Esta tarea ocupa toda nuestra atención. Además es un trabajo que dura toda la vida. No tenemos tiempo para ocuparnos de lo que hacen los otros. La experiencia de nuestra propia miseria y nuestra pobreza espiritual nos ayuda a reconocer la misma miseria en los demás. En vez de juzgar, aprendemos a comprender y compadecer. Juzgamos con misericordia, no acusando o condenando. Jesús dijo: la misma medida que Uds. midan serán medidos.

Al fin de la segunda lectura S. Pablo nos anima: “Permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por

Él, no serán vanos.” La obra del Señor es la llegada del Reino de Dios en nuestro mundo. ¡Noble obra!

Jesús dijo que sus discípulos eran un “pequeño rebaño” pero este pequeño grupo debe ser como “levadura en la masa“, es decir, una fuerza que puede transformar nuestra sociedad. Los cristianos estamos llamados a ser “árboles buenos” que dan buenos frutos; estos atraen a las personas de buena voluntad.

Pablo describe los frutos de un “árbol bueno”: “Amen con sinceridad, aborrezcan el mal y tengan pasión por el bien… Con celo incansable y fervor del espíritu sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sean pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración; solidarios con otros en sus necesidades… Bendigan a los que los persigan, bendigan y no maldigan nunca… No busquen grandezas, pónganse a la altura de los humildes. No se tengan por sabios. A nadie devuelvan mal por mal, procuren hacer el bien delante de todos… No te dejes vencer por el mal, por el contrario vence el mal haciendo el bien.” (Rom. 12) Allí tenemos una buena lista de los frutos buenos; estos pueden contagiar a otros, como la levadura. También podemos examinar nuestras vidas para ver como estamos cultivando estos frutos. Esta palabras tienen una fuerza para transformar nuestra mente y cambiar como relacionamos con los demás.

Pidamos a Jesús que infunda en nuestros corazones su luz y su bondad para que haga nuestros corazones como el suyo. Así desde la abundancia de su verdad y de su bondad nuestra boca pueda proferir palabras de salvación a otros.

P. Jorge Peterson, OCSO
Monje Tranpense de Santa María de Miraflores
Rancagua, Chile