Imagen: Serge Poliakoff, “composición azul”

Lecturas:
Jr 31, 7-9
Hb 5, 1-6
Mc 10, 46-52

“Señor, quiero ver. Quiero ver en mí, tu Luz. Que mi luz y tu Luz broten de un mismo Amor. En el Amor de Dios, alcanzamos nuestra identidad.”

El tema de luz penetra toda la Biblia. “La Luz verdadera, el Verbo, que ilumina a cada hombre viene al mundo.” También Jesús dijo: “Yo soy la Luz del mundo.” El Salmo nos recuerda: “En tu Luz, veremos la Luz.

El Evangelio de hoy relata la sanación de Bartimeo, un mendigo ciego. El Padrel Fidel Oñoro, comenta: “A partir de la observación de todos los movimientos de Bartimeo, el evangelista elabora una preciosa catequesis que educa en el “itinerario interno de la fe”. Cada detalle del proceso de aproximación está cargado de significado y se va armando como una síntesis de las lecciones fundamentales del discipulado en el evangelio.” Ya estamos en el camino de la fe, sin embargo, necesitamos la Luz de Jesús para seguir madurando nuestra fe.

La dinámica de la fe es la esencia del discipulado, porque sólo la adhesión total – la comunión estrecha con el Señor Jesús – hace posible el seguimiento de Él en todos los aspectos de la vida. Desde la fe, tenemos luz para evaluar todos los acontecimientos del mundo y también todo lo que nos pasa en nuestras vidas.

Cuando Bartimeo escuchó que Jesús de Nazaret estaba pasando con una multitud, lo oía como una Buena Noticia. Lo tomó en serio. Era un momento de gracia. Desde su corazón empezaba a orar en voz alto: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí.” Lo repitió tanto que la multitud intentó callarlo. Cuando una persona, movida por la gracia de Dios, empiece a tomar más en serio la llamada de Dios, a menudo encuentra oposición. Frecuentemente ésta viene de las personas más cercanas: los padres, los hermanos, los amigos, etc. Movido por el momento de gracia, en vez de desanimarse, el clamor de Bartimeo va aumentando gradualmente, en la intensidad de la voz, “gritó mucho más fuerte”.

A Dios le gusta una oración intensa, insistente y perseverante, no motivada por intereses, sino para que se realice la obra de Dios. Jesús escuchó no solamente la voz de Bartimeo, sino el profundo deseo de su alma. Así paró, y dijo: “Llámenlo”. Era un ciego. No podría ver a Jesús. Así necesitaba la ayuda de otros para llegar a Jesús. Cuando la multitud escuchó que Jesús lo llamaba, lo animó. Cuando el pobre supo que Jesús lo estaba llamando, dio un salto. Esto fue un gesto inaudito para un ciego. Además respondió de inmediato: “dejó su manto -su única posesión- y se acercó a Jesús.

Él es imagen del que entra el Reino despojado, abandonado con absoluta confianza en la presencia y la palabra de Jesús.

Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?” Evidentemente necesitaba sanar su ceguera. Pero podemos ver en las palabras del ciego “ten piedad”, un deseo de su alma por conocer el sentido de su vida. No solamente necesitaba la visión física, sino también la luz de la fe. Padre Fidel Oñoro comentó: “En la recuperación de la vista de Bartimeo se explica la fuerza salvífica de la fe. La fe que lo ha “salvado” tiene siete características: es una fe que (1) parte del reconocimiento radical de la necesidad de Jesús, (2) clama humildemente ayuda, (3) va creciendo progresivamente en la relación con Jesús, (4) supera los obstáculos, (5) impulsa al abandono absoluto en las manos de Jesús, (6) clarifica los propios motivos y (7) lleva a decisiones radicales y valientes como “arrojar la capa”, “dar un salto”, decidir “ver”, y que se convierte en seguimiento real, dejarse conducir por el Maestro.”

Hoy termina el Sínodo sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Oremos por una fe lúcida en todos nosotros, y especialmente en nuestros jóvenes.

A la luz de la fe, intentemos escuchar lo que el Espíritu está diciendo en la Iglesia.

Padre Jorge Peterson, OCSO
Monje Trapense del Monasterio de Miraflores, Rancagua