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Sólo se alcanza la plena madurez en CRISTO mediante una formación integral y personalizada de la monja que, por tanto, debe abarcar a la persona entera.
No puede haber monja, si antes no hay persona. La monja necesita restaurarse en el claustro benedictino.
Si ésta se recupera así misma en la vida monástica, se recupera para la Iglesia.
Es parte de la formación monástica todo medio, instrumento y camino que lleve a entrar en los Misterios de Cristo y que permita unificar la vida y la experiencia de Dios.
También es propio de nuestra formación cultivar la sensibilidad humana y cristiana ante la belleza, el bien -del cual la belleza es la expresión visible-, y la armonía, que manifiestan en la vida cotidiana el estilo benedictino:
“ARTÍSTICO, CON EL BUEN GUSTO DEL ESPÍRITU”. Pablo VI

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