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De las Homilías de Juan Bautista Montini, Cardenal (luego Papa Pablo VI)

HABLAR DE MARÍA ES DULCE Y DIFÍCIL A LA VEZ.

Así sucede con los misterios cristianos: invaden tanto nuestra alma que la llenan de gozo y parece que hacen nacer dentro amor y poesía; y tanto la superan que casi la privan de palabra y de sentido.
Así sucede con la Asunción de María Santísima: goza nuestra piedad con la gloria de la Madre de Cristo, que querría cantarla; y tan remota de nuestra experiencia está, que la lengua no encuentra expresiones adecuadas. Y a esto se añade que hoy la Iglesia nos ha manifestado la absoluta certeza de la Asunción de María Santísima, y da por eso nuevo vigor, nuevo fuego a la piedad, a la piedad que sigue con más seguro vuelo el celeste camino. Y se añade también que la devoción a la Virgen está hoy tan rica de voces y de cantos, que más nos complacería callar, escuchar y hacer eco, que introducir en el coro nuestro debilísimo acento.

Por fortuna, nuestra piedad ya conoce cuales son los sentimientos adecuados para celebrar con los ángeles la entrada triunfal de la Virgen en la eterna Bienaventuranza; de ella que en la integridad perfecta de su ser, aunque fue tocada por la muerte, no conoció de la muerte la triste ruina; e inmediatamente después de la plácida dormición, recompuesta en su maravillosa unidad, de alma y cuerpo, subió a aquel estado de plenitud y felicidad, a aquel reino de gloria que llamamos paraíso; y allí vive beatísimamente en la visión de Dios, de aquel Dios Padre que hizo de ella superior creatura, de aquel Dios Verbo, que quiso por ella ser engendrado hombre y tenerla por madre, de aquel Espíritu Santo que en ella realizó la concepción humana del Salvador.

Sentimientos de exultación. Habéis escuchado y seguido hace un instante el canto de entrada de esta Misa que estamos celebrando: “Alegrémonos todos en el Señor, celebrando esta fiesta en honor a la bienaventurada Virgen María, de cuya Asunción gozan los ángeles y aclaman al hijo de Dios”. Ciertamente en vosotros resuenan las palabras de San Ambrosio: “qué grande es la fiesta, que grande es la alegría de los ángeles que baten palmas porque ha merecido habitar en el cielo aquella que vivió en el mundo la vida celestial”.

Sentimientos de admiración manan de la humildad de la historia de María, y su gran cántico los pone en nuestros labios: porque ha mirado la humillación de su esclava, desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Sentimientos de ternura y de devoción. La estupenda antífona que ya forma parte de la oración común, parece haber sido concebida para esta solemnidad: “Salve Reina, madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”, para estallar finalmente en el grito de San Bernardo:
“Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María”.

Sentimientos de confianza y de oración. La voz de Petrarca resuena en su conmovedora invocación: “Socórreme en mi batalla, aunque yo sea tierra, oh tú, reina del cielo”.

Y no se acabaría la dulce letanía que entremezcla sus alabanzas a nuestros suspiros, su fortuna a nuestras desventuras, su plenitud a nuestra miseria. Ninguna criatura en el mundo, ningún sujeto ha sido manantial más rico, más humano, más fresco, más bello para la poesía y para el arte que María santísima. Hoy esta ola de gracia sube a nuestras almas y las llena de exuberante dulzura, de aladas invocaciones, de soñadas armonías: María, la purísima; María, la dulcísima, María, la bellísima, la fuerte, como ejército bien formado; María, la pensativa; María, la pobre; María, la dolorosa; María, la Virgen; María, la madre; humanísima como Eva, más que Eva; divina en su gracia, en sus privilegios, en sus misterios, en su misión, hoy en su gloria. Tanta alegría no nos impide, empero, pensar; más bien a pensar nos invita el creciente florecer de la devoción a la Virgen.
Juan Bautista Montini, Cardenal, en la Catedral de Milán, 15 de Agosto de 1955

En el glorioso epílogo de la vida de María recapitulamos toda la doctrina sobre la vida humana; celebramos una fiesta que se refiere al estado de la vida más allá del tiempo, en la vida futura; el último artículo del Credo encuentra aquí su gloriosa confirmación; verdad en la que cada vez piensa menos el mundo moderno, que construye todo el edificio de sus pensamientos, de su moral, de su actividad, sobre el tejido fugaz del tiempo presente, que carece por eso de referencias estables y absolutas que den a las cosas del tiempo un valor seguro.
Juan Bautista Montini, Cardenal, en la Catedral de Milán, 15 de Agosto de 1956